Hiper-romantizar está convirtiéndonos en máquinas

Hemos dejado de vivir por placer para empezar a vivir por rendimiento

Imagen de Pinterest

Por Izan Ríos Vidal

¿Alguna vez te has pasado el día entero sin hacer nada, mirando el móvil durante horas, viendo una serie sin pensar en cómo se vería todo eso en tercera persona? Si tu respuesta es “sí”, en este artículo no voy a regañarte por no haber sido lo suficientemente productivo, ni te voy a dar consejos para “mejorar como persona”. Al contrario: voy a decirte que es completamente natural.

Vivimos en la sociedad de la performance, una en la que poco a poco dejamos de actuar como individuos. Una sociedad donde sentimos la presión constante no solo de ser productivos y perfectos, sino de hacerlo de forma estética, hasta el punto de vivir nuestras vidas adolescentes como si fueran las de un adulto con mil tareas y sin pausa.

Vivimos en una sociedad donde los adolescentes sentimos la presión constante no solo de ser productivos y perfectos, sino de hacerlo de forma estética.

Se podría decir que la romantización excesiva, que se experimenta sobre todo a través de redes sociales como Pinterest o TikTok, comenzó como una forma de aligerar actividades que resultaban pesadas, como estudiar o limpiar. Es obvio: nadie necesita romantizar algo que ya quiere hacer por elección propia. Por eso, dentro de esta estética solo entran actividades que “de normal” no queremos hacer. Y si basas todo tu día en lo que ves en Pinterest o en lo que queda bien visualmente, eso implica que estás moldeando tu rutina según cosas que no deseas realmente hacer, sino que te esfuerzas por embellecer para poder soportarlas.

Basta con analizar uno de los miles de vídeos de “a day with me” para darte cuenta: todas las actividades tienen un fin productivo. Ninguna es banal, ninguna está hecha solo por placer. Todo ha de tener un contexto o una justificación. Incluso cuando parece que algo se hace por disfrute, dentro del marco de la hiperproductividad hay un motivo. Si ves una serie, debe ser porque antes trabajaste duro. Si comes helado, tiene que ser porque llevas tres semanas comiendo “limpio”. Siempre hay que compensar. Nunca puedes simplemente ser.

Basta con analizar uno de los miles de vídeos de “a day with me” para darte cuenta: todas las actividades tienen un fin productivo. Ninguna es banal, ninguna está hecha solo por placer.

Y es que solo el significado literal de “productividad” ya da una pista de por qué esta hiperproductividad disfrazada de romanticismo nos está deshumanizando: “La productividad mide cuántos bienes y servicios se producen por cada unidad de trabajo, capital o tecnología, en un periodo determinado.”

Con esta definición, seguir al pie de la letra estas rutinas perfectas de Pinterest y aspirar a ser constantemente productivo convierte tu vida en un sistema de rendimiento, no de experiencia. En una máquina que no siente por sí misma, sino solo a través de los marcos estéticos y sociales de un post.

Incluso los hobbies están siendo destruidos. Porque los hobbies, si los entiendes como actividades que haces por puro placer, no encajan en estas rutinas hiperromantizadas. En esta lógica, solo puedes dibujar si lo conviertes en contenido, solo puedes escribir si aspiras a publicar. Todo tiene que capitalizarse. Nada es banal, nada es realmente por ti. No puedes ser feliz simplemente por serlo.

Incluso los hobbies están siendo destruidos porque todo tiene que capitalizarse. Nada es banal, nada es realmente por ti. No puedes ser feliz simplemente por serlo.

Y esto, personalmente, me preocupa. Porque poco a poco nos convierte, como ya he dicho, en máquinas. Máquinas que, como todas las máquinas, no toman decisiones propias, aunque creamos que sí. Puede que pienses que eliges cómo es tu vida, que decides lo que haces en el día. Pero en cuanto abres Pinterest y ves cómo “todo el mundo” hace journaling y desayuna tostadas con aguacate, ya estás eligiendo entre un puñado de opciones prediseñadas. Y eso te hace moldeable, manipulable, vulnerable.

Aun así, en un mundo donde estamos rodeados de estímulos que nos dictan cómo debe ser nuestra vida estética, emocional y productiva, es difícil escapar de esta deshumanización. 

Por eso, ante la imposibilidad de huir del sistema, la solución, al menos para mí, es dejar de pensar tanto en cuánto he hecho o cuánto he producido, y empezar a preguntarme: ¿Qué tan feliz he sido hoy? ¿Qué tan poco he pensado en serlo? 

Y desde ahí, poco a poco, intentar recuperar el libre albedrío sobre una vida que nos están quitando.