Por: Izan Ríos Vidal
El comunismo es seguramente una de las ideas político-económicas más controvertidas de las últimas décadas. Esta sigue estando a la orden del día en todo debate político alrededor del mundo.
El comunismo es mucho más que el ser “todos iguales”, ser todos proletarios o algo por el estilo. Es más, mucha gente cree que ser comunista es sinónimo de tener que vivir cual ermitaño, sin tecnología, sin luz, sin agua, cuando en realidad es todo lo contrario. Muchos pensadores se dirigen a las bases teóricas del comunismo desarrolladas por Marx y Engels para desacreditarlo, tachándolo de contradictorio o idealista, pero desde mi punto de vista la razón por la que actualmente el comunismo podría ser una opción inviable no reside, ni mucho menos, en razones teóricas ni prácticas en sí mismas, sino en la propia psique humana. Y es que no es que el comunismo no sirva para los humanos, sino que los humanos actuales no servimos para el comunismo. Así pues, este artículo se alejará de lo
puramente político o económico, centrándonos en los aspectos psicológicos y filosóficos de la cuestión del comunismo.
Antes de adentrarnos en el quid de la cuestión, cabe hacer una pequeña explicación de qué es verdaderamente el comunismo. Esta ideología, desarrollada como ya he dicho por Marx y Engels, parte de una comprensión dialéctica de la historia: el motor de la transformación social es la lucha de clases. Así como el capitalismo emergió tras el colapso del mercantilismo, el comunismo aparece como una etapa histórica inevitable en la superación del propio capitalismo. El comunismo plantea abolir completamente las clases sociales, una propiedad colectiva de los medios de producción y, como última instancia, busca abolir el Estado.

Relieve de Karl Marx en un edificio de la ciudad de Chemnitz. Fuente: Unsplash
Si nos remontamos a los orígenes de la primera implementación formal del comunismo, es decir, a la Unión Soviética, no solo encontramos un país completamente diferente a cualquier país actual, sino que tenemos que tener en cuenta (cosa que muchos críticos liberales parecen olvidar) que estamos en 1920. No solo la situación social es diferente, sino que la mentalidad del proletariado no es traducible a nuestras categorías psíquicas o ideológicas actuales, y por eso puede parecernos incomprensible.
Desde una mirada retrospectiva, es fácil caer en el juicio anacrónico y asumir que las condiciones del proletariado soviético eran inaceptables. Y si bien es cierto que, en comparación con los estándares actuales, aquellas condiciones distaban de ser óptimas, lo que debemos resaltar es el marco comparativo histórico: frente a otras democracias liberales de su tiempo, el nivel de vida en la URSS fue, en muchos aspectos, superior a estas. Los logros materiales del comunismo soviético no pueden ser ignorados: una transición vertiginosa de una monarquía agraria a una potencia industrial con una producción multiplicada por 52 en apenas cuarenta años. La esperanza de vida se elevó de los 45 a los 70 años; la mortalidad infantil descendió en un 90 %; las brechas de género, tan estructurales en otros sistemas, fueron notablemente reducidas; y el crecimiento económico siguió una curva exponencial… hasta que, paradójicamente, este proceso se detuvo con la adopción del modelo liberal, dando paso a esa Rusia empobrecida y
decadente, tan al estilo de “Lilja4ever”.

Estatua que representa a un obrero. Fuente: Unsplash
Y sí, es evidente que la URSS acabó cayendo. Sin embargo, utilizar este hecho como un argumento definitivo para refutar teóricamente el comunismo resulta, cuanto menos, irónico, ya que las condiciones de vida en la Rusia postcomunista descendieron de manera nunca antes vista. Además, hay que tener en cuenta que, al tratarse de una economía planificada, el comunismo es estructuralmente más vulnerable a colapsos visibles en comparación con el capitalismo, donde reina muchas veces un anarquismo económico más caótico pero menos centralizado.
Aun así, y aunque pueda parecer sorprendente, si ahora me preguntaran si convertiría mi país en uno comunista, mi respuesta sería que no. No porque crea que el sistema no funcione, sino porque, como ya he mencionado antes, considero que la mentalidad humana actual lo hace inviable.
Si ahora me preguntaran si convertiría mi país en comunista, mi respuesta sería que no, pero no porque crea que el sistema no funcione, sino porque la mentalidad humana actual lo hace inviable.
Debemos tener en cuenta que posicionarse a favor o en contra de una sociedad comunista pura no es una cuestión trivial ni de simples preferencias personales, ya que en esta decisión subyace un componente neurológico. En un experimento llevado a cabo en 2021 (Chen O, Guan F, Du Y, Su Y, Yang H, Chen J. Belief in Communism and Theory of Mind. Front Psychol. 2021), se pidió a un grupo de estudiantes que completaran dos cuestionarios. El primero, una escala de creencias comunistas (BSC), evaluaba el grado de acuerdo en una escala del 1 (estoy totalmente en desacuerdo) al 5 (totalmente de acuerdo) con afirmaciones ideológicas. El segundo medía la teoría de la mente (ToM) mediante un índice de reactividad interpersonal, puntuado del 1 al 4, con preguntas como: “A menudo tengo sentimientos tiernos y preocupados por personas menos afortunadas que yo”. El estudio demostró que quienes puntuaban alto en la escala de creencias comunistas también obtenían puntuaciones altas en teoría de la mente, lo que sugiere que las personas con mayor empatía afectiva y cognitiva tienden a mostrarse más afines a ideologías socialistas o comunistas.

Obra soviética haciendo un llamado a la unidad del pueblo. Fuente: Unsplash
Además, los autores llevaron a cabo un segundo experimento donde, mediante resonancia magnética, identificaron diferencias cerebrales significativas. No abordaremos estos resultados en profundidad aquí, ya que requeriría entrar en tecnicismos que escapan al alcance de este artículo.
El problema emerge al constatar que, en las últimas décadas, se ha evidenciado un aumento significativo del individualismo y una reducción pronunciada en los niveles de empatía cognitiva y afectiva en la población contemporánea. Datos empíricos respaldan esta tendencia; por ejemplo, un estudio longitudinal realizado por Sarah Korath (2010) reveló una disminución del 40% en los índices de empatía de estudiantes universitarios de la Universidad de Michigan entre 1979 y 2009, reflejando un posible declive en la capacidad para la comprensión y resonancia emocional con el otro. De acuerdo con Sarah Korath, la baja de la empatía actual es causada por múltiples frentes, entre los cuales destacan el impacto de las redes sociales y la omnipresencia de internet. La juventud actual se encuentra expuesta a una saturación de contenidos violentos y a formas de interacción mediadas por lo virtual que dificultan la creación de vínculos auténticos, puesto que la inmediatez de la respuesta no es exigida y prácticas como el bloqueo o el “ghosting” se normalizan como mecanismos de defensa y evasión.
Paralelamente, el declive de la autoestima individual propicia un engrandecimiento del ego, que se manifiesta en una percepción exacerbada de superioridad y en un perpetuo afán competitivo orientado a la superación del otro, fenómeno que podría estar erosionando la base afectiva del tejido social que caracteriza a los movimientos socialistas,
La mentalidad actual, marcada por el individualismo y el consumismo, carece de cabida en una ideología comunista, lo que explica el rechazo que esta genera en la sociedad actual.
La mentalidad actual, marcada por el individualismo y el consumismo, carece de cabida en una ideología comunista, lo que explica el rechazo que esta genera en la sociedad actual. ¿Por qué rechazarías ser rico a costa de que nadie sea pobre, o por qué pagarías la escuela de otros si ni siquiera tienes hijos?
La necesidad constante de reafirmación del yo frente al otro se traduce en la adquisición compulsiva de bienes superfluos, un mecanismo de satisfacción personal incompatible con los principios fundamentales de una sociedad comunista, donde prevalecería la comunidad sobre el individuo. Ni siquiera la mayoría de quienes hoy aseguran alinearse con ideologías socialistas estarían verdaderamente preparados para renunciar a ciertos privilegios.
Los obreros de principios del siglo pasado, cuya conciencia histórica aún no había sido corroída por el capitalismo tardío, vivían la posibilidad del comunismo no como una quimera abstracta, sino como una necesidad real.
Los obreros de principios del siglo pasado, aquellos cuya conciencia histórica aún no había sido corroída por el capitalismo tardío, vivían en un umbral temporal donde la posibilidad del comunismo no era una mera quimera abstracta, sino una necesidad real. No se trataba de caprichos o gustos, sino de la obligación de luchar por derechos básicos: una vivienda digna, una educación accesible y una sanidad que el resto de Europa aún no disfrutaba. Tras el triunfo comunista en la URSS y el temor de las demás potencias europeas ante la inevitable afinidad del comunismo con las masas, se vieron obligados a ofrecer aquello que la población demandaba: sanidad, educación, todo en un marco socialista que, sin embargo, no podía alejarse demasiado de la realidad capitalista. Con esta estrategia lograron exactamente lo que buscaban: ganar tiempo, esperando que esa época y mentalidad idílica para el cambio, idónea para el comunismo, pasara, hasta que fuera demasiado tarde para transformarla.

Imagen de una brezhnevka, vivienda propia de la época soviética. Autor: Vitaly Otinov (Unsplash)
A menos que el capitalismo vuelva a sufrir una profunda crisis, similar a la decadencia de principios del siglo pasado, y nuestra mentalidad se vea forzada a cambiar (algo que hoy por hoy parece improbable), el comunismo y el socialismo en general quedarán relegados al olvido como utopías que jamás llegaron a florecer.
Quizás si a principios del siglo pasado se hubiera adoptado una ideología más trotskista y se hubiera alcanzado un comunismo global, esta ideología ultra consumista jamás hubiera llegado a calar en nuestra psique y la teoría dialéctica de Marx habría estado en lo cierto: habríamos dejado atrás el capitalismo. En ese caso, la realidad actual sería radicalmente distinta y seguramente el comunismo nunca habría colapsado.
No obstante, hoy en día alcanzar el comunismo no solo requeriría su instauración simultánea en todos los países (pues un solo país comunista en un mundo capitalista resulta inviable), sino también un proceso mucho más complejo que una simple revolución: la transformación profunda de la conciencia humana, un cambio que podría tomar décadas o incluso siglos, y que, como seres humanos, no estamos dispuestos a hacer.
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