Por Ariana González
«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres». Personalmente, este es uno de mis fragmentos favoritos del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, libro que tuve el placer de devorar por primera vez este año y que, simplemente me cambió la vida; pero esto no es un texto para engrandecer al Quijote (ya de esos hay centenares), sino para hablar del tema central que plantea el anterior fragmento: la libertad.
Nací en Venezuela, un país en el norte del sur, con desierto, selva, nieve y volcán, gente resiliente y fuerte, comida deliciosa y cultura rica. Mi país, desde hace más de veinte años, se encuentra bajo el yugo de una dictadura totalitaria, la cual progresivamente ha ido carcomiendo las mentes y el estilo de vida de sus habitantes, vendiéndoles miseria disfrazada de libertad y haciéndoles normalizar conductas precarias.
Tanto mis padres como mis abuelos siempre me hablan de “sus tiempos”, de aquellos tiempos de su juventud en los que hubo una bonanza que parecía eterna, donde todos tenían trabajos con sueldos estables, uno o más vehículos móviles, una soberanía nacional democráticamente ejercida mediante elecciones nacionales, tenían una educación variada y de calidad: historia universal, artes plásticas, física, robótica, matemáticas, filosofía, biología, latín; podían viajar por el mundo y tener una dieta rica y balanceada. ¿Había libertad? Claro, podían hacer lo que gustasen, pero ¿hasta cuándo duraría?
Avanzaron las generaciones, mis primos mayores aún podían ir a Disney World, estudiaban humanidades, podían permitirse una moto y aún había una sola moneda nacional. En ese momento, a las elecciones se postulaba un candidato nuevo que parecía prometedor; ¿había libertad? Creo que sí, los sueldos alcanzaban para llegar a final de mes, incluso con 4 idas al cine, un par de zapatos y dos juguetes nuevos de por medio.

Atardecer en Caracas
Luego llegó mi generación, y esa bonanza infinita que vivieron en totalidad mis abuelos y padres, y parcialmente mis primos, se empezó a diluir: carencias latentes, una escasez que eventualmente llevaría al racionamiento alimentario y al estraperlo a gobernar entre las masas desesperadas por probar bocado; una moneda paralela que se apoderaría de las mentes de todos los venezolanos, cuyos sueldos, a pesar de ser en bolívares, ahora serían devaluados mediante una tasa diaria en dólares, por lo que cada día los precios aumentarían, pero el dinero valdría menos; ya no habría viajes a Miami ni a Costa Rica, ahora cuando mucho una ida a la playa en agosto, pues no podrían permitirse vacaciones; la falta de carne haría a las madres emplear cáscaras de plátano o mango en su lugar con tal de alimentar las bocas a su cargo; ¿y la educación? Poco a poco el régimen iría suprimiendo todo aquello que no comulgaba con su ideología: fuera las artes plásticas, dentro las pinturas indígenas; fuera el latín, con suerte habrá inglés; fuera las lecturas que puedan revolucionar las mentes, dentro libros aburridos sobre la vida del presidente; fuera la revolución francesa o rusa y dentro las colonias y el mestizaje. Ya en el imaginario de los venezolanos no figuraría nadie más que Simón Bolívar en lo que respecte a la historia general, y Hugo Chávez (quien afirmaba ser hijo de Bolívar) en lo que respecte a la política.
Estas tácticas típicas de los regímenes totalitarios solo hicieron que los venezolanos se acostumbrasen a vivir precariamente, desarrollasen una apoliticidad total y que todos aquellos que no estuviesen dispuestos a vivir (o mejor dicho, sobrevivir) de esta manera, hubiesen de vender todo lo que les quedaba, por muy poco que fuese, y huir a donde mejor pudieran con talde construir una vida y un futuro mejores, formando así parte de una diáspora masiva que ha arrastrado por años a más de ocho millones de venezolanos. ¿Hay libertad? Por supuesto, eres completamente libre de irte, «por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida».
Damos un salto a la actualidad: 3 de enero de 2026. Los Estados Unidos de América bombardean Caracas, mi casa, la capital de este país fracturado y decadente con tal de “salvar” al pueblo venezolano, o al menos así lo publicitaron. Ya han pasado más de tres meses desde estos sucesos y nada ha cambiado en mi país; a pesar de las celebraciones, las noticias efervescentes, los post de Instagram, las concentraciones en Arc de Triomf, Venezuela sigue igual.
Las familias viven (o sobreviven) comprando y comiendo al día sin capacidad de ahorro, pues saben que el dinero del que disponen valdrá cada día menos; los precios solo van in crescendo, la diáspora continúa, los viajes recreativos por el mundo se limitan a unos cuantos privilegiados afines al régimen y con dinero de dudosa y sucia procedencia; los coches son de segunda mano y de uso puntual. ¿Pero hay soberanía nacional ejercida democráticamente? Totalmente, es por eso que este gobierno lleva más de veinte años en el poder, porque nosotros como pueblo lo queremos tanto que no queremos que se vaya, por eso con vigor les votamos cada cuatro años en las elecciones, y eso quienes votamos, porque hay gente que confía tanto en que igual ganarán ellos, que se da el tupé de no ir a votar. Eso sí, la educación es de calidad, si bien no instruimos arte en ninguna de sus manifestaciones y le hacemos pensar a los jóvenes que leer, investigar y conocer la historia del mundo es aburrido; las ciencias que se imparten son de primera categoría, ya no hay matemáticas, física, química y biología, sino algo como “MQFB”, pero no se
preocupen que los estudiantes salen muy bien preparados a pesar de tener de tres a cuatro asignaturas condensadas en una… Véase la ironía.
Muchos venezolanos (tanto de dentro como de fuera del país) se alegraron por la invasión estadounidense. “Venezuela es libre” les oías decir; pues yo no sé si alguna vez en mi vida he conocido una Venezuela libre, como tampoco tengo la certeza de que mis padres, abuelos o primos lo hayan hecho, no en totalidad.
No simpatizo en lo más mínimo con Donald Trump, que toda esta intervención militar haya sido llevada a cabo por su parte no me gratifica en lo absoluto. Estados Unidos ya tiene un historial considerable de intervenciones casi mesiánicas en conflictos en los que inicialmente no tenían nada que ver, y muy lejos de querer realmente el bien y la libertad para la población de estos territorios, siempre ha buscado salir beneficiado de una u otra manera. El modus operandi siempre es el mismo: intervenir en el conflicto aportando protección y armas ante un enemigo común, luego apropiarse del territorio, explotar a la población a la que tanto le prometían libertad, y por último, anexar el territorio a Estados Unidos sin darle unos estatutos oficiales de igualdad, de lo cual tenemos ejemplos como Guam, Hawaii o Puerto Rico. Si bien en un principio actuarían como agente protector ante sus respectivos conflictos, acabaron siendo dueños de quienes en algún momento los vieron como hermanos, «por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».
No quiero en unos años mirar hacia atrás y ver desde la distancia cómo mi país se ha roto por completo, cómo por culpa de una potencia mundial que decidió entrometerse y repetir patrones históricos, poco a poco pierde su cultura, su lengua, su ambiente y su esencia. Quiero que Venezuela sane, que se reconstruya, que sea libre, pues la libertad «es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». Si «con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre», ¿acaso no sería bonito experimentarla, más que fantasear con ella?
